jueves, 20 de marzo de 2008
Abrazo a mi promoción (Discurso)
Fecha: 11 de octubre de 2003
Entre 1974 y 1978 circuló en el Colegio Víctor Larco un tren del que se fueron bajando unos y subiéndose otros, como pasajeros a quienes la vida encargó hacer ese viaje por el territorio del conocimiento, el espíritu y los valores, a través de un maravilloso océano de gentes, momentos y recuerdos, que en esta fecha se rompen como majestuosa ola en la playa, un paisaje que me hace sentir como si estuviera en casa, mi vieja casa que me llama siempre con igual nostalgia.
Los años que pertenecí a nuestro Colegio fueron los cinco mejores años de mi vida y aún así, hablando como estoy en este día con trémula voz ante ustedes, me abruma la certeza de ser incapaz de enhebrar todos los hilos del recuerdo de aquellos, que con un poco más de fortuna que yo, tuvieron la oportunidad de vivir más intensamente el paso por el Colegio que hace mucho tiempo despidió a una generación más de sus hijos. Me abruma esa certeza, y sin embargo aún quiero hablar en esta ocasión por todos, como el más grande privilegio que todos me hayan permitido.
El primer aliento en el Víctor Larco lo daba uno casi sin darse cuenta, era tal el cálido olor a hogar, a pertenencia que se respiraba, era tierno el olor que se desprendía de la tierra de nuestra querencia. Aquí convivimos a diario con los compañeros, esos seres terrenales con sus pasiones, sus dones y sus defectos, que poco a poco vas conociendo. Es así como luego de pocas semanas ya te encuentras al tanto de muchas de las anécdotas infantiles que oyéndolas contar a todo joven, no significan más que escuchar al niño que las vivió, con su inocencia, sinceridad y autenticidad intactas.
Mas sin embargo uno empieza a enterarse también de las cosas feas, a vivirlas igualmente y en comunión, hombro con hombro y es en este punto cuando más se enriquecen las amistades, ya que generalmente es necesario que aquel que te lo cuenta abra un poco más sus pensamientos, sus valores, sus temores, en fin, su subjetividad, y empiece a sorprenderte con aspectos más profundos que encierra el alma humana.
Y después de alegrías y disgustos nos fuimos tristes porque ya no habría más de todo eso, el tiempo que parecía inagotable nos alcanzó de forma cruel para despertarnos de aquel dulce sueño victorlarquense. El día siguiente de nuestra despedida nos encontraremos enfrentando el reto de lo nuevo, de lo incierto, llegó pronto a cada quien el momento y la oportunidad de exigirle a la vida cuentas, ofreciéndole a cambio toda la riqueza que transitando por ella y nuestro Colegio acumulamos.
Y nuestra confianza en un futuro positivo era total al considerar tan sólo que la vida nos iba a devolver a cambio todo lo que nos merecíamos y nos hizo merecer. Es precisamente en ese momento cuando terminamos de entender lo que era nuestro Colegio, despejamos el resto del enigma encerrado en sus esfuerzos, el resultado del proyecto de todos los forjadores de conocimientos, alfareros de carácter, los alquimistas que enseñando y haciendo todos y cada uno parte fundamental de este Colegio realizaron auténtica magia, despertando nuestras ganas para transformar, para devorar nuestras metas, que no sólo nos han enseñado a vivir, sino a comprender por qué vivimos y, en fin, nos hicieron a cada uno de nosotros el milagro de tornar nuestros más pobres defectos en el oro con que podremos obtener las cosas que no se compran con dinero.
Porque nunca se les podrá agradecer lo suficiente... estas son solo palabras; a nuestros maestros hoy les felicitamos y agradecemos con la voz que siempre nos dieron y que enriquecieron con la mente capaz de inferirle sólidos argumentos, a la que dotaron de los criterios y conocimientos válidos para criticar, y a la que dieron la seguridad de que será escuchada en cualquier parte y que desde donde esté podrá siempre levantarse para decir: gracias, Maestro. El reconocimiento es para todos, aunque saben bien que cada uno de nosotros les conservará en un espacio de acuerdo a su especial significado, al mensaje que hicieron llegar de una u otra forma hasta nosotros.
Porque comprendemos su responsabilidad respetamos sus juicios, aunque no siempre les entendimos. Les supimos encarar con peores, iguales y mejores argumentos, que nadie más que ustedes mismos nos permitieron formular y proferir, esta disputa fuerte pero sana al fin nos sirvió también para crecer y fue su especial aporte, y en el justo balance de las cuentas sabemos que hay pocos maestros como ustedes.
A los compañeros de la junta directiva y de las comisiones organizadoras de las Bodas de Plata, y a todos los que con su trabajo, dedicación y esfuerzo nos entregaron con gusto el sudor de su frente: muchas gracias. Nos llevamos de todos ustedes también ese ejemplo de compañerismo y trabajo en equipo, la prueba de que el trabajo digno te trae alegrías, y de que siempre se puede dar una sonrisa sincera y contribuir con favores que se hacen de todo corazón.
Es por ello que una definición de alumno victorlarquense con la que siempre quise identificarme es de “alguien que ama la verdad, lucha y se compromete por ella, tiene una gran tolerancia y nunca está satisfecho con los logros”.
Como mensaje personal a mi promoción fue esta la única manera en que siempre conseguí mis amistades en el Colegio: de corazón a corazón, y este corazón que tengo ustedes lo han hecho más grande para hacerse un lugar en él, para poder llevarme en él a cada uno de ustedes que en este momento se sienta aludido como un hermano más, uno más de esos hermanos que no fueron de sangre, pero que conseguí al compartir mi alma con las suyas. Hoy que puedo decirlo, no callaré que les quiero.
Ahora, a 25 años de egresados, es imposible evocar otro sentimiento menos perpetuo, porque siempre se agitarán iguales las manos que digan adiós en nuestro recuerdo, se escapará una lágrima indoblegable en nuestras pupilas dedicada a quienes dejemos lejos, vendrán a nosotros en ecos las voces de los amigos que nos nombran, y se nos escapará un suspiro a los que soñemos con el día de un nuevo encuentro, nos llevaremos todos la nostalgia que nos heredó nuestro pasado, este hermoso pasado, y también cargaremos por siempre una sonrisa para nuestros adentros, porque todos dejamos al irnos nuestras gracias al Víctor Larco, y nada, nada será igual cuando pisemos de nuevo la tierra de nuestra querencia, pero también podremos llevar con orgullo a todas partes los colores y el escudo del Víctor Larco impresos en nuestros corazones, llevaremos la voluntad de defenderlos y sentirlos nuestros hasta la hora final.
Hoy yo abrazo a mi promoción por todo eso, abracemos al Colegio Víctor Larco y estrechémonos todos una vez más, no sin antes decir que:
Nos volveremos a ver...
según nuestras vidas lo demanden,
Cuando el tiempo se dé,
Cuando el azar nos haga encontrarnos,
Y si no,
Si estoy vivo los recordaré...
Si estoy muerto me recordarán.
Entre 1974 y 1978 circuló en el Colegio Víctor Larco un tren del que se fueron bajando unos y subiéndose otros, como pasajeros a quienes la vida encargó hacer ese viaje por el territorio del conocimiento, el espíritu y los valores, a través de un maravilloso océano de gentes, momentos y recuerdos, que en esta fecha se rompen como majestuosa ola en la playa, un paisaje que me hace sentir como si estuviera en casa, mi vieja casa que me llama siempre con igual nostalgia.
Los años que pertenecí a nuestro Colegio fueron los cinco mejores años de mi vida y aún así, hablando como estoy en este día con trémula voz ante ustedes, me abruma la certeza de ser incapaz de enhebrar todos los hilos del recuerdo de aquellos, que con un poco más de fortuna que yo, tuvieron la oportunidad de vivir más intensamente el paso por el Colegio que hace mucho tiempo despidió a una generación más de sus hijos. Me abruma esa certeza, y sin embargo aún quiero hablar en esta ocasión por todos, como el más grande privilegio que todos me hayan permitido.
El primer aliento en el Víctor Larco lo daba uno casi sin darse cuenta, era tal el cálido olor a hogar, a pertenencia que se respiraba, era tierno el olor que se desprendía de la tierra de nuestra querencia. Aquí convivimos a diario con los compañeros, esos seres terrenales con sus pasiones, sus dones y sus defectos, que poco a poco vas conociendo. Es así como luego de pocas semanas ya te encuentras al tanto de muchas de las anécdotas infantiles que oyéndolas contar a todo joven, no significan más que escuchar al niño que las vivió, con su inocencia, sinceridad y autenticidad intactas.
Mas sin embargo uno empieza a enterarse también de las cosas feas, a vivirlas igualmente y en comunión, hombro con hombro y es en este punto cuando más se enriquecen las amistades, ya que generalmente es necesario que aquel que te lo cuenta abra un poco más sus pensamientos, sus valores, sus temores, en fin, su subjetividad, y empiece a sorprenderte con aspectos más profundos que encierra el alma humana.
Y después de alegrías y disgustos nos fuimos tristes porque ya no habría más de todo eso, el tiempo que parecía inagotable nos alcanzó de forma cruel para despertarnos de aquel dulce sueño victorlarquense. El día siguiente de nuestra despedida nos encontraremos enfrentando el reto de lo nuevo, de lo incierto, llegó pronto a cada quien el momento y la oportunidad de exigirle a la vida cuentas, ofreciéndole a cambio toda la riqueza que transitando por ella y nuestro Colegio acumulamos.
Y nuestra confianza en un futuro positivo era total al considerar tan sólo que la vida nos iba a devolver a cambio todo lo que nos merecíamos y nos hizo merecer. Es precisamente en ese momento cuando terminamos de entender lo que era nuestro Colegio, despejamos el resto del enigma encerrado en sus esfuerzos, el resultado del proyecto de todos los forjadores de conocimientos, alfareros de carácter, los alquimistas que enseñando y haciendo todos y cada uno parte fundamental de este Colegio realizaron auténtica magia, despertando nuestras ganas para transformar, para devorar nuestras metas, que no sólo nos han enseñado a vivir, sino a comprender por qué vivimos y, en fin, nos hicieron a cada uno de nosotros el milagro de tornar nuestros más pobres defectos en el oro con que podremos obtener las cosas que no se compran con dinero.
Porque nunca se les podrá agradecer lo suficiente... estas son solo palabras; a nuestros maestros hoy les felicitamos y agradecemos con la voz que siempre nos dieron y que enriquecieron con la mente capaz de inferirle sólidos argumentos, a la que dotaron de los criterios y conocimientos válidos para criticar, y a la que dieron la seguridad de que será escuchada en cualquier parte y que desde donde esté podrá siempre levantarse para decir: gracias, Maestro. El reconocimiento es para todos, aunque saben bien que cada uno de nosotros les conservará en un espacio de acuerdo a su especial significado, al mensaje que hicieron llegar de una u otra forma hasta nosotros.
Porque comprendemos su responsabilidad respetamos sus juicios, aunque no siempre les entendimos. Les supimos encarar con peores, iguales y mejores argumentos, que nadie más que ustedes mismos nos permitieron formular y proferir, esta disputa fuerte pero sana al fin nos sirvió también para crecer y fue su especial aporte, y en el justo balance de las cuentas sabemos que hay pocos maestros como ustedes.
A los compañeros de la junta directiva y de las comisiones organizadoras de las Bodas de Plata, y a todos los que con su trabajo, dedicación y esfuerzo nos entregaron con gusto el sudor de su frente: muchas gracias. Nos llevamos de todos ustedes también ese ejemplo de compañerismo y trabajo en equipo, la prueba de que el trabajo digno te trae alegrías, y de que siempre se puede dar una sonrisa sincera y contribuir con favores que se hacen de todo corazón.
Es por ello que una definición de alumno victorlarquense con la que siempre quise identificarme es de “alguien que ama la verdad, lucha y se compromete por ella, tiene una gran tolerancia y nunca está satisfecho con los logros”.
Como mensaje personal a mi promoción fue esta la única manera en que siempre conseguí mis amistades en el Colegio: de corazón a corazón, y este corazón que tengo ustedes lo han hecho más grande para hacerse un lugar en él, para poder llevarme en él a cada uno de ustedes que en este momento se sienta aludido como un hermano más, uno más de esos hermanos que no fueron de sangre, pero que conseguí al compartir mi alma con las suyas. Hoy que puedo decirlo, no callaré que les quiero.
Ahora, a 25 años de egresados, es imposible evocar otro sentimiento menos perpetuo, porque siempre se agitarán iguales las manos que digan adiós en nuestro recuerdo, se escapará una lágrima indoblegable en nuestras pupilas dedicada a quienes dejemos lejos, vendrán a nosotros en ecos las voces de los amigos que nos nombran, y se nos escapará un suspiro a los que soñemos con el día de un nuevo encuentro, nos llevaremos todos la nostalgia que nos heredó nuestro pasado, este hermoso pasado, y también cargaremos por siempre una sonrisa para nuestros adentros, porque todos dejamos al irnos nuestras gracias al Víctor Larco, y nada, nada será igual cuando pisemos de nuevo la tierra de nuestra querencia, pero también podremos llevar con orgullo a todas partes los colores y el escudo del Víctor Larco impresos en nuestros corazones, llevaremos la voluntad de defenderlos y sentirlos nuestros hasta la hora final.
Hoy yo abrazo a mi promoción por todo eso, abracemos al Colegio Víctor Larco y estrechémonos todos una vez más, no sin antes decir que:
Nos volveremos a ver...
según nuestras vidas lo demanden,
Cuando el tiempo se dé,
Cuando el azar nos haga encontrarnos,
Y si no,
Si estoy vivo los recordaré...
Si estoy muerto me recordarán.
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