sábado, 8 de marzo de 2008
Cartas para nuestros ángeles
Fecha: 10 de octubre de 2003
Carta a Jorge Lázaro Gallardo
Ahora que no estás aquí, no lloraremos por tu ausencia; nos alegraremos por todo lo que tú has amado.
No te buscaremos entre los muertos, en donde nunca estuviste; te encontraremos en todas aquellas cosas que no habrían existido si tú no hubieras existido.
Tú estarás con nosotros, sin duda alguna, en todo lo que has creado: tus hijos, por supuesto, pero también ... en las lágrimas que compartimos.
Y en todos aquellos que pasaron por tu lado y que, irremediablemente, recibieron algo de ti, y llevan incorporados —sin ellos ni tú notarlo— algo de ti.
Siempre te amaremos.
Carta a César Silva Tarrillo
Viviremos. Viviremos creando cada día, y más que antes. Porque no sabemos cómo, pero estamos seguros de que, desde tu otra presencia, tú también estarás creando junto a nosotros, y será precisamente en ese acto de traer algo que no estaba, donde nos habremos encontrado. Sin entenderlo muy bien, pero así como los granos de trigo que no entienden que su compañero muerto en el campo ha dado vida a muchos nuevos compañeros, así, con esa esperanza, continuamos dejando nuestra huella, para que, cuando nuestra muerte nos vuelva a dar la misma voz, cuando nuestro próximo abrazo nos incorpore ya sin ruptura a la Única Creación, muchos puedan decir de ti: si no hubieras existido, el mundo estaría más triste.
Siempre estás en nuestros corazones.
Carta a Francisca Castro Bartolo
Acá estamos, pues, querida amiga:
Han pasado muchas lunas desde que te vestiste de ausencia y nadie puede decir que te ha olvidado. Cómo no recordar a una persona que vivió dignamente y de quien jamás supimos (no porque no las sufrieras sino porque las callabas con el aplomo de tu raza) las penas que te entristecían en silencio.
También tus fracasos y tus faltas serán testigos permanentes de que estuviste viva y no fuiste ángel, sino humana.
Nunca saldrás de nuestras vidas.
Carta a José Agapito Rodríguez Goicochea
No nos ataremos a los recuerdos ni a los objetos, porque dondequiera que miremos que hayas estado, con quienquiera que hablemos que te conociese, allá habrá algo tuyo. Aquello sería distinto, pero indudablemente distinto, si no hubieses vivido; el mundo está ya siempre salpicado de ti.
No lloraremos tu ausencia, porque sólo nos faltará tu palabra nueva y tu calor de ese momento. Lloraremos, si queremos, porque el cuerpo se llena de lágrimas ante todo aquello que es más grande que él, que no es capaz de comprender, pero que entiende como algo grandioso, porque cuando la lengua no es capaz de expresar una emoción, ya sólo pueden hablar los ojos.
Nunca te olvidaremos.
Carta a Luis Alberto García Cruzado
Decimos: si amas a tu hijo, acuérdate que es mortal lo que amas, y por este medio te librarás del impensado sobresalto cuando la muerte te los arrebate.
Morir es tan natural como nacer, para el hombre la muerte viene a ser un descanso pues cura todos aquellos males que no tienen remedio, y la nostalgia en el corazón de los vivos —cálida y permanente— es el privilegio de los que ya se han ido para siempre.
Ahora y siempre estás con nosotros.
Carta a Oswaldo Segundo Izquierdo Pereda
Insondable misterio es el de la vida y la muerte. ¡Cómo choca nuestra conciencia de estar insertados, por el espíritu, en la eternidad, con la limitación material que nos impone la muerte!
Ser y dejar de ser, al menos el compuesto humano cuando el alma, en un instante, abandona su instrumento carnal. Esta es la más terrible y, a la vez, sublimante lección que dolorosamente aprendemos al ver escapar de nuestro lado la presencia de los seres a quienes amamos y respetamos.
Te recordaremos por siempre.
Carta a Rosa del Carmen Loyola Jáuregui
Hace muy poco tiempo, charlabas conmigo, como con muchas personas que nos acompañan aquí, despreocupado y rebosante de tu buen humor habitual, en una reunión amable. Hoy estamos recordándote, en el trance de ver que tu cuerpo está entregado a la tierra para que se cumpla en él la sentencia del Génesis. Y nosotros, en nombre de la Promoción 1978, a la que tanto amaste, venimos a testimoniarte otra vez, y no la última, el cariño, la gratitud y el respeto de nuestro Colegio, más abriendo el corazón para que broten las palabras que pronunciándolas para llenar este deber tan duro de cumplir.
Jamás te olvidaremos.
Carta a Víctor Chiclayo Briceño
Así es el hombre. Sobre todo el hombre seleccionado, en los círculos grandes y pequeños, en la profesión, en la familia, en la amistad, va tratando de dejar su huella, prendiendo jirones de su ser y de su vida a las cosas que le han preocupado, luchando por los fines a los que consagra su existencia. Y así el hombre se perpetúa en los suyos, en sus hijos, en sus amigos, en sus obras. Él está en ello y todo eso llega a ser parte de él mismo. Así, también, lo huidizo del momento, se torna durable y aun alcanza, en el insondable misterio del más allá, que sólo la fe nos ilumina, repercusiones y consecuencias de eternidad.
Siempre estarás en nuestras vidas.
Carta a Zully Ely Oré Ruiz
Si la muerte subraya punzantemente lo fugaz e incierto de la riesgosa aventura de la vida, los instantes, precisamente porque se van inexorablemente, adquieren un valor incalculable y hasta eterno, pues son la ocasión única que tenemos para arraigar los valores de la personalidad en las obras humanas, en todas sus posibilidades, como la ordenación esencial de la conducta a Dios, que es la entrega inteligente y amorosa de la santidad, o el descubrimiento de la verdad, penetrando en el misterio del mundo que nos rodea y en la realidad de que formamos parte o dependemos.
Siempre estarás entre nosotros.
Carta a Jorge Lázaro Gallardo
Ahora que no estás aquí, no lloraremos por tu ausencia; nos alegraremos por todo lo que tú has amado.
No te buscaremos entre los muertos, en donde nunca estuviste; te encontraremos en todas aquellas cosas que no habrían existido si tú no hubieras existido.
Tú estarás con nosotros, sin duda alguna, en todo lo que has creado: tus hijos, por supuesto, pero también ... en las lágrimas que compartimos.
Y en todos aquellos que pasaron por tu lado y que, irremediablemente, recibieron algo de ti, y llevan incorporados —sin ellos ni tú notarlo— algo de ti.
Siempre te amaremos.
Carta a César Silva Tarrillo
Viviremos. Viviremos creando cada día, y más que antes. Porque no sabemos cómo, pero estamos seguros de que, desde tu otra presencia, tú también estarás creando junto a nosotros, y será precisamente en ese acto de traer algo que no estaba, donde nos habremos encontrado. Sin entenderlo muy bien, pero así como los granos de trigo que no entienden que su compañero muerto en el campo ha dado vida a muchos nuevos compañeros, así, con esa esperanza, continuamos dejando nuestra huella, para que, cuando nuestra muerte nos vuelva a dar la misma voz, cuando nuestro próximo abrazo nos incorpore ya sin ruptura a la Única Creación, muchos puedan decir de ti: si no hubieras existido, el mundo estaría más triste.
Siempre estás en nuestros corazones.
Carta a Francisca Castro Bartolo
Acá estamos, pues, querida amiga:
Han pasado muchas lunas desde que te vestiste de ausencia y nadie puede decir que te ha olvidado. Cómo no recordar a una persona que vivió dignamente y de quien jamás supimos (no porque no las sufrieras sino porque las callabas con el aplomo de tu raza) las penas que te entristecían en silencio.
También tus fracasos y tus faltas serán testigos permanentes de que estuviste viva y no fuiste ángel, sino humana.
Nunca saldrás de nuestras vidas.
Carta a José Agapito Rodríguez Goicochea
No nos ataremos a los recuerdos ni a los objetos, porque dondequiera que miremos que hayas estado, con quienquiera que hablemos que te conociese, allá habrá algo tuyo. Aquello sería distinto, pero indudablemente distinto, si no hubieses vivido; el mundo está ya siempre salpicado de ti.
No lloraremos tu ausencia, porque sólo nos faltará tu palabra nueva y tu calor de ese momento. Lloraremos, si queremos, porque el cuerpo se llena de lágrimas ante todo aquello que es más grande que él, que no es capaz de comprender, pero que entiende como algo grandioso, porque cuando la lengua no es capaz de expresar una emoción, ya sólo pueden hablar los ojos.
Nunca te olvidaremos.
Carta a Luis Alberto García Cruzado
Decimos: si amas a tu hijo, acuérdate que es mortal lo que amas, y por este medio te librarás del impensado sobresalto cuando la muerte te los arrebate.
Morir es tan natural como nacer, para el hombre la muerte viene a ser un descanso pues cura todos aquellos males que no tienen remedio, y la nostalgia en el corazón de los vivos —cálida y permanente— es el privilegio de los que ya se han ido para siempre.
Ahora y siempre estás con nosotros.
Carta a Oswaldo Segundo Izquierdo Pereda
Insondable misterio es el de la vida y la muerte. ¡Cómo choca nuestra conciencia de estar insertados, por el espíritu, en la eternidad, con la limitación material que nos impone la muerte!
Ser y dejar de ser, al menos el compuesto humano cuando el alma, en un instante, abandona su instrumento carnal. Esta es la más terrible y, a la vez, sublimante lección que dolorosamente aprendemos al ver escapar de nuestro lado la presencia de los seres a quienes amamos y respetamos.
Te recordaremos por siempre.
Carta a Rosa del Carmen Loyola Jáuregui
Hace muy poco tiempo, charlabas conmigo, como con muchas personas que nos acompañan aquí, despreocupado y rebosante de tu buen humor habitual, en una reunión amable. Hoy estamos recordándote, en el trance de ver que tu cuerpo está entregado a la tierra para que se cumpla en él la sentencia del Génesis. Y nosotros, en nombre de la Promoción 1978, a la que tanto amaste, venimos a testimoniarte otra vez, y no la última, el cariño, la gratitud y el respeto de nuestro Colegio, más abriendo el corazón para que broten las palabras que pronunciándolas para llenar este deber tan duro de cumplir.
Jamás te olvidaremos.
Carta a Víctor Chiclayo Briceño
Así es el hombre. Sobre todo el hombre seleccionado, en los círculos grandes y pequeños, en la profesión, en la familia, en la amistad, va tratando de dejar su huella, prendiendo jirones de su ser y de su vida a las cosas que le han preocupado, luchando por los fines a los que consagra su existencia. Y así el hombre se perpetúa en los suyos, en sus hijos, en sus amigos, en sus obras. Él está en ello y todo eso llega a ser parte de él mismo. Así, también, lo huidizo del momento, se torna durable y aun alcanza, en el insondable misterio del más allá, que sólo la fe nos ilumina, repercusiones y consecuencias de eternidad.
Siempre estarás en nuestras vidas.
Carta a Zully Ely Oré Ruiz
Si la muerte subraya punzantemente lo fugaz e incierto de la riesgosa aventura de la vida, los instantes, precisamente porque se van inexorablemente, adquieren un valor incalculable y hasta eterno, pues son la ocasión única que tenemos para arraigar los valores de la personalidad en las obras humanas, en todas sus posibilidades, como la ordenación esencial de la conducta a Dios, que es la entrega inteligente y amorosa de la santidad, o el descubrimiento de la verdad, penetrando en el misterio del mundo que nos rodea y en la realidad de que formamos parte o dependemos.
Siempre estarás entre nosotros.
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